TRANSITANDO SENDEROS E INICIACIONES HACIA EL AMOR

La mayoría de nosotros llegamos a la etapa de la vida en la cual lo que cabe esperar es que iniciemos y mantengamos relaciones amorosas con un compañero, pero con frecuencia fracasamos en el intento, repitiendo una y otra vez nuestros errores en el camino a la soledad. Todo el mundo quiere un amante, pero casi nadie sabe cómo serlo.

Esperamos encontrar intimidad de un modo natural, y cuando fracasamos en este terreno suponemos que debemos tener alguna especie de deficiencia innata.Pero citando a Aldous Huxley ;

“No hay ninguna fórmula o método. Aprendes a amar, amando, prestando atención y haciendo lo que se descubre sobre la marcha que ha de hacerse”.

“El reto de permanecer en una relación amorosa y comprometida, el entregarnos a una relación de compromiso, requiere haber alcanzado niveles evolutivos en las líneas de vivencia de afectividad y de sexualidad, y contiene todos los desafíos necesarios para darle sentido a nuestra existencia en la búsqueda desesperada del par ecológico y desenvolver nuestro proyecto existencial.”

(R.T. Araneda).

Si a esto le sumamos la moda de la “pareja virtual”, nos topamos con el hecho de que los navegadores del chat están dando vida a una distinta manera de organizar los afectos de una parte cada vez más significativa de los seres humanos, reconstruyendo una distinta manera de abordar la experiencia amorosa. Vivimos en un mundo tecnológico cada vez mas conectado, el chat facilita el intercambio de ideas y emociones, y hasta el encuentro más “fluido” entre las personas, a la vez,esta forma de relacionarse, carece de toda esa alquimia que sólo es capaz de producirse en presencia del otro, ante una mirada brillante, ante un calor de cuerpos que se encuentran, ante un perfume de aromas que se mezclan en la fusión amorosa.

“Con estos antecedentes y en esa vía perdemos el camino de reencontrarnos con el sentido sagrado de la sexualidad, es decir, la emoción primitiva, dulce y terrible de la conexión. El hombre del chat es un hombre ausente, “con todo él en otra parte”, alejándole de la cualidad del encuentro encantador y jubilosamente sensual con el otro en toda la gloria de su entrega y receptividad. Impidiendo la expresión de los patrones biológicos arcaicos que sustentan la sexualidad”.(R. T Araneda).

En nuestro desarrollo sexual, la madurez es la edad del compromiso, es la edad de la intimidad, de hacer realmente todo el recorrido. La energía sexual ya no es difusa sino centrada en una sola persona, un compañero para la vida, un compañero del alma. Vamos pasando del océano del eros indiferenciado a una elaboración altamente específica, el eros diferenciado, podemos ahora dejar caer nuestras máscaras y posturas y entablar una relación de total confianza y lealtad. Sin el desarrollo evolutivo en las líneas de afectividad y de sexualidad, somos incapaces de experimentar realmente la intimidad sexual o vivir de acuerdo a las exigencias del amor comprometido. La inexperiencia, la represión y el resentimiento, ya sean en el cuerpo, corazón o mente, arruinan muchas relaciones, incluso aquellas que duran toda la vida.

Con mayor frecuencia de la que imaginamos, la inmadurez afectiva y sexual y la represión pueden sentenciar a las personas a vivir desesperadamente en soledad. Sin capacidad para identificarse con los estados anímicos del otro, de expresarse verbal y corporalmente con total sinceridad, sin intensidad en su energía amorosa, acaban aisladas y solas, asustadas, capaces de formar únicamente relaciones negativas o superficiales, invirtiendo toda la energía sexual en el trabajo, suprimiéndola con el alcohol y las drogas, o negándola en nombre de algún llamado “divino”.

Es el individuo controlado y sumamente reprimido el que encuentra difícil la intimidad, porque esta desconectado de su interioridad y, por consiguiente, no tiene un lugar para ella en sus relaciones. La persona ajena a la intimidad permanece nerviosamente en el aire, separada tanto de su propia profundidad como de las almas de los demás.

Para llegar a amar, el ser humano tiene que atravesar etapas sucesivas, en las cuales ha de enfrentarse consigo mismo, con los riesgos de la soledad y la muerte, con el vacío de significación, experiencias estas que provocan un desarrollo extraordinario de las funciones afectivas”. (R.T. Araneda).

Las respuestas están en nuestras propias historias personales las cuales se despliegan en ciclos naturales, y cada ciclo tiene su maestro natural:

El del nacimiento es la madre, que a través de la protovivencia de contacto nos enseña a estar en nuestro cuerpo, nos abre al goce cenéstesico, al deseo y al placer.

El de la infancia es el padre quien nos enseña a usar nuestro corazón a medida que nos inicia en el mundo de relaciones con los demás, sentando las bases para el desarrollo de la afectividad.

El de la pubertad es nuestro propio yo, donde nos transformamos en nuestra propia fuente de permiso y autoridad, creando nuestra propia vida en cada acto, donde la energía sexual alimenta nuestro impulso vital y forja nuestras conexiones más profundas con nosotros mismos y con los demás.

En nuestra madurez es la sociedad y el enfrentamiento a la tarea humana esencial: encontrar amor y trabajo, trascendernos, donde estamos llamados a vivir en relaciones permanentes y responsables con los demás, conociendo y responsabilizándonos de nuestro papel en las facetas interrelacionadas e interdependientes de nuestra vida en el mundo.

En la vejez es el universo, donde nuestra energía sexual se va interiorizando poco a poco, a medida que nos adentramos en una sensualidad interior profunda, un romance con la vida, una unión con todos los seres vivientes.

Relacionarse significa “estar en la vida”, incluso cuando se vuelve complicada y el sentido y la claridad son esquivos; significa vivir con las personas concretas que forman parte de nuestra vida, y no sólo con nuestras ideas e imágenes de la pareja ideal o la familia perfecta.

Considerar las relaciones desde el punto de vista de la afectividad nos proporciona una actitud más tolerante hacia sus momentos más bajos, hacia las sombras y los vacíos que inevitablemente han de presentarse a veces. A veces el dolor y la dificultad pueden servir de camino hacia un nuevo nivel de intimidad. No significan por fuerza que haya algo inherentemente malo en la relación; al contrario, los problemas pueden constituir una estimulante iniciación a la intimidad.

Para transitar este camino donde convergen el fetiche (conjunto de características que, concentradas en una persona, producen el máximo de excitación) y el amnios (capacidad de recibir al otro, de contenerlo, sin esperar recibir) hacia una relación nutritiva y satisfactoria, se requiere un coeficiente afectivo básicamente integrado, una integración afectivo – erótica: una disminución de los niveles de represión, la integración corporal, el descubrimiento de nuevas formas de comunicación, el reforzamiento de la identidad sexual y la claridad sobre el sentido del eros diferenciado e indiferenciado”. (R.T.Araneda).

En una relación, a veces lo único que podemos hacer es seguir la guía de nuestras emociones, vivir lo que está sucediendo. Una comprensión completa y abstracta no es posible ni deseable. En los asuntos del corazón, quizá nuestra única alternativa sea dejar que otras fuerzas y otros factores al margen de nuestro yo intencional trabajen en los debates, las incongruencias y las contradicciones, mientras aportamos esperanzas y deseo al amor y los afectos nuevos.

Uma Zuasti